Decides escuchar de una vez por todas, y te rompe, no ólo en dos. Dejas que salgan a disipar sus dudas, pero se hacen más fuertes y constantes. Hieren, escuecen, cada vez con más intensidad y furia. Te agarran y zarandean como un muñeco de trapo, y ahi te quedas con el alma suspendida entre dos hilos que se mueven al compád del viento. Aun así disfrutas de la brisa, ríes mientras piensas: y aquí estamos de nuevo en carne viva...